Hablar mal de los demás ¡Una lacra Social que hay que evitar!

Sí es posible, absteneos de hablar mal de los demás.

En todas las tradiciones, hablar mal de los demás es visto como un vicio del cual hay que cuidarse: no sólo hace un daño terrible a los demás, sino a nosotros mismos, y hace que el mundo sea un peor lugar para vivir.


Un precepto budista dice “No condenes a ningún hombre en su ausencia; y cuando te veas forzado a censurarlo, hazlo frente a su cara, pero suavemente y con palabras llenas de caridad y compasión. Ya que el corazón humano es como la planta – Kusûli; que abre su cáliz al suave rocío de la mañana, y lo cierra ante un fuerte aguacero”.


A los discípulos de Pitágoras se les colocaba la prueba de guardar silencio durante cinco años, a fin de que aprendiesen a escuchar y reflexionar antes de hablar.

En la tradición transhimaláyica, según explica Mabel Collins en su libro “Luz en el Sendero”, se indica que “Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maestros, debe haber perdido la posibilidad de herir”.

La Biblia cristiana está llena de consejos y advertencias sobre el poder de la palabra:


SALMO 101:5 “Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré”

MATEO 7:1-3 “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, seréis medidos. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”


Confucio enseña que “Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo; cuando veas a un hombre malo, indaga en tus propias faltas”; y aún que “un Hombre Superior se acusa a sí mismo, un hombre vulgar acusa a los demás”.

La Sabiduría Tradicional ha advertido siempre lo mismo, pero no por capricho de nadie o por que se vea “más bonito”.

Esto tiene un fundamento.

Hay tres pecados que causan en el mundo mayores males que todos los demás: maledicencia, crueldad y superstición, porque son pecados contra el amor.

Veamos los efectos de la maledicencia: Principia con el mal pensamiento, y esto en sí mismo es ya un crimen. Porque en todas las personas y en todas las cosas existe el bien y el mal.

A cualquiera de éstos podemos prestarle fuerza, pensando en él, y por este medio ayudar o estorbar la evolución; podemos hacer la voluntad del Logos o trabajar en contra de ella.

Si pensáis mal de otro, cometéis tres iniquidades a un tiempo:


1ª) Llenáis el ambiente que os rodea de malos pensamientos en vez de buenos, y así aumentáis las tristezas del mundo.

2ª) Si en el ser en quien pensáis existe el mal que le atribuís, lo vigorizáis y alimentáis; y así, hacéis peor a vuestro hermano en vez de hacerlo mejor. Pero, si generalmente el mal no existe en él y tan sólo lo habéis imaginado, entonces vuestro maligno pensamiento tienta a vuestro hermano y lo induce a obrar mal, porque, si no es todavía perfecto, podéis convertirlo en aquello que de él habéis pensado.

3ª) Nutrís vuestra propia mente de malos en vez de buenos pensamientos, y así impedís vuestro propio desarrollo y os hacéis, a los ojos de quienes pueden ver, un objeto feo y repulsivo, en vez de bello y amable.


No contento con hacerse todo este daño y hacerlo a su víctima, el maldiciente procura con todas sus fuerzas que los demás participen de su crimen.

Les expone con vehemencia su chisme, con la esperanza de que lo crean, y entonces los convencidos cooperan con él, enviando malos pensamientos al pobre paciente.

Y esto continúa día tras día, y no lo hace sólo una persona, sino miles.

¿Veis ahora cuán bajo, cuán terrible es este pecado?

Procurad evitarlo en absoluto.


No habléis jamás mal de nadie; negaos a escuchar a quien os hable mal de otro, y decidle, afectuosamente: “Tal vez eso no sea verdad, y, aunque lo fuese, es mejor no hablar de ello”.


“En todo lo bueno en todo lo puro en todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna… ¡en esto pensad!…”