Deseterrar nuestros miedos

El miedo es una de las emociones y condicionantes más poderosos que existen.

Un riesgo percibido nos puede llevar a tomar decisiones sumamente drásticas y, en ocasiones, contraproducentes.

Así, el miedo se distingue como la habilidad para reconocer peligros y que nos lleva a confrontarlos o a evitarlos.

El miedo ha sido señalado por los psicólogos como una de las emociones innatas y básicas de la condición humana.

Sin embargo, a diferencia de otros animales que conciben sus temores en tiempo presente, los seres humanos podemos crear y generar miedos a partir de la imaginación, de forma completamente narrativa.

En torno al miedo existe un tabú inherente a su concepción: el miedo es una debilidad.

En función de ello, pocas veces somos capaces de reconocer nuestros temores, y en muchas ocasiones los minimizamos o los enterramos y evitamos pensar en ellos.

Este es un mecanismo muy común en las personas ya que, no en vano, estamos de algún modo “programados” para el optimismo.

Sin embargo, el poder gestionar el miedo y sus pensamientos derivados, manejarlos y usarlos en nuestro favor, es una herramienta sumamente potente.

Al fin y al cabo, como hemos dicho, en muchas ocasiones el miedo se presenta en forma de futuribles fruto de la unión entre pensamiento analítico e imaginación.

En dichas ocasiones el miedo es una ficción sumamente potente que nos puede servir de campo de entrenamiento para superar los peligros que se nos puedan presentar. La cuestión no está en quedarnos anquilosados en una narración fatalista sobre lo que nos puede sobrevenir, sino en pensar en las acciones adecuadas para superar dichos peligros y, por tanto, dominar nuestros miedos.

“El miedo no te paraliza, sino que te despierta.” Veronica Roth

En este sentido habla del miedo Karen Thompson, autora del bestseller “La edad de los milagros”.

En su charla en el TED Global 2012 nos presenta el miedo como una herramienta que nos permite imaginar futuros posibles y el modo en que afrontarlos. Con todo, el miedo es una navaja de doble filo y, en demasiadas ocasiones, tendemos a cortarnos por no saber manejarlo de forma adecuada.

Entrenarnos en el manejo y conquista de nuestros temores requiere su aceptación como narrativa sujeta a la imaginación, pero para ello hace falta un paso previo, admitir que tenemos miedos.