El Temor a Morir

Dos emociones básicas dan colorido a nuestra vida: el amor y el temor.

Así como la ausencia de la luz genera la sombra, la falta de amor es la madre del temor.

El amor afianza al interior la confianza, de la que nace el sentimiento de seguridad. En esta seguridad nos autoafirmamos, nos reconocemos, nos amamos.

En el amor, las emociones destructivas se disuelven: con una pizca de ese amor, que en nuestro corazón es alegría, ninguna emoción se queda retenida, y por la misma razón no asume características destructivas.

El temor puede ser el de perder, el de no dar la medida, el de no ser queridos.

Todas esas variedades de temor están relacionados con un temor mayor: el miedo de morir.

Sin embargo, la posibilidad de morir con alegría, esa muerte digna de quien vive el final de sus días como un nuevo amanecer, nos lleva a replantearnos la creencia de la muerte como el final de la vida.

Se muere el cuerpo, es cierto, pero cuando reducimos la vida a la dimensión del cuerpo, terminamos creyendo que al morir el cuerpo se acaba la vida.

Y es que el miedo de morir, que es el padre de todos los temores, parte de esa confusión de la vida con el cuerpo.

Sería sin embargo absurdo, que un cuerpo tan perfecto, una mente tan maravillosa y un espiritu tan sublime terminen para nosotros cuando muera nuestro cuerpo.

En una óptica religiosa se considera la continuidad de cada vida en la gran corriente de la Vida Una.

Si sólo pudiéramos vislumbrar que la conciencia trasciende al cuerpo – como lo intuimos por los relatos de aquellos que han sobrevivido a la experiencia de una muerte clínica – cambiaría nuestra cultura de la muerte y se llenaría de un sentido trascendente nuestra vida.

Si ya no existe esa muerte concebida como un final, eso que hoy creemos que es la muerte, sería sólo la desaparición de la forma o la apariencia.

Es como si la vida entonces fuera el viaje de la conciencia. El hecho de confundir la vida con el cuerpo nos ha llevado a confundir el músico con su instrumento.

Lo cierto es que el espíritu es música, el alma es el músico y el cuerpo el instrumento.

Cuando se destruye el instrumento, no desaparece el músico ni la música, aunque ya no los podamos escuchar.


La principal estrategia para vencer el miedo de morir es saber de veras, que la vida no termina, que a la vida no se le puede poner precio, que para vivir no es necesario agotar la copa del placer hasta el dolor, y que el amor no se acaba con el cuerpo, porque el viaje del espíritu que nos habita es un viaje eterno.

Comprender científicamente la muerte cambiaría nuestra vida de tal forma, que incluiríamos la muerte, al igual que el éxito y el fracaso, en el presupuesto de nuestra existencia.

Otra cultura de la muerte nos haría a todos comprender que no se mata la vida porque la vida no es el cuerpo.

Si supiéramos de veras que la vida es mucho más que un cuerpo no le pondríamos precio, no existirían ni chantajes, ni extorsiones, ni secuestros.

No lucharíamos tanto contra la enfermedad y aprenderíamos sus lecciones, para sanarnos desde adentro.

Si supiéramos que este cuerpo es un precioso instrumento del alma en su tarea de aprendizaje, de seguro que estaríamos más contentos disfrutando de él como el viajero que disfruta de la embarcación en que navega por el océano de la creación.

Admitir que la vida es sólo una consecuencia de un cierto ordenamiento crítico de moléculas, es como creer que las personas que vemos en la pantalla del televisor son sólo consecuencia de los cristales líquidos o del movimiento de los electrones.

Existe alguien que por nuestros ojos mira, alguien que nos habita y toma posesión de nuestro cuerpo cuando nacemos, alguien que emprende el viaje de regreso cuando morimos: es el Alma, el músico, el intérprete de ese precioso instrumento que es el cuerpo.

Vivida desde el alma, la muerte no es nada más que una transición, el proceso a través del cual la crisálida va naciendo al despliegue de sus alas.