LA FELICIDAD Y EL DOLOR

Hay una pensamiento totalmente distinto que no entendemos incluso que rechazamos de entender, durante siglo la medicina tradicional a tratado de luchar contra el dolor, hoy día vivimos en la cultura del “no dolor” como si rechazamos por completo aprender del dolor y nunca olvidéis que a más resistencia mayor dolor generamos

No quiero llegar mi pensamiento al extremo y al fanatismo, sin embargo creo que nos centramos demasiado en la felicidad como un estado físico óptimo de no dolor, pero la realidad es otra.


El dolor y el sufrimiento hacen parte de nuestras vidas, nuestros cuerpos se oxidan y se deterioran, terminamos nuestros días como un pensamiento que si en los más robustos llegan a prolongar sus días con todo su vida es pura molestia y dolor.


Gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, vivimos en una época en la que parece que no tienen cabida el malestar y el dolor.

Y en parte es así, ya que por suerte no tenemos que enfrentarnos a los grandes desafíos que en otros momentos ha tenido que hacer frente la humanidad.

No obstante, ello nos puede transmitir el mensaje erróneo de que el dolor o el malestar es algo que siempre podemos evitar.

En muchas ocasiones, la negación o evitación del dolor es más dañina que el dolor en sí.

Si miramos a nuestro alrededor, vivimos en un mundo donde el dolor apenas tiene cabida; se nos transmite que el bienestar consiste en disfrutar de forma inmediata, cuando más mejor, sin tener ninguna dificultad ni contratiempo.

La sociedad actual llega a demonizar el sufrimiento como algo anormal.

Cuando el objetivo principal es “sentirse bien siempre” acabamos orientando nuestra vida únicamente hacia la búsqueda del placer y la evitación del dolor.

De este modo, la necesidad permanente de evitar el malestar y la de tener placer inmediato para vivir obligan a la persona a actuar de un modo que, paradójicamente, no le deja vivir.

Los días se reducen a hacer cosas para que desaparezca el malestar, llegándose a abandonar acciones que sí tendrían una función vital importante.

Aunque este patrón de conducta pueda resultar efectivo a corto plazo, en la medida en que consigue reducir o eliminar temporalmente el malestar, puede fácilmente convertirse en crónico, llegando a producir una limitación en la vida personal.

El caso es que este patrón negativo, lejos de solucionar el problema, está impidiendo acciones positivas, tendentes a la realización de la vida.

Imaginemos por ejemplo una persona que ha sufrido mucho en una relación sentimental y que ahora necesita estar completamente segura de que no será dañada para iniciar o mantener una relación personal.

Esta persona puede ver muy mermada su vida social y afectiva ya que la constante evitación del posible malestar acaba impidiendo toda opción de conexión íntima con los demás.

El control que ha llevado a cabo para evitar el malestar, al final acaba formando más parte del problema que de la solución.

Al enfrentarnos con situaciones que nos producen malestar o dolor, podemos distinguir entre dos fuentes diferentes de malestar: el malestar primario y el malestar secundario.

El primario sería aquel derivado directamente de la experiencia desagradable, el cuál es difícil (si no imposible) de evitar.

Por otro lado tendríamos el secundario, que está formado por todas nuestras reacciones habituales ante estas experiencias, como por ejemplo, la tensión, ansiedad, pensamientos negativos, etc.

Este segundo tipo de malestar es el que es verdaderamente dañino y el que identificamos como sufrimiento.

Sin embargo, este malestar secundario sí es evitable, a diferencia del primario.

De este modo, el sufrimiento es un fenómeno secundario, el dolor es primario.

El dolor es simplemente un hecho, el cual no juzgamos de manera emocional.

Simplemente, hay dolor, no es bueno o malo, sólo es.

No le damos valor, es simplemente un hecho.

Es evidente que cualquier persona desea evitar el malestar siempre que le sea posible. Por ello, si nos duele la cabeza tomamos un analgésico, sería absurdo no hacerlo.

El problema viene cuando tratamos de aplicar estos mismos principios a situaciones o condiciones que no son susceptibles de cambio, por ejemplo, una enfermedad crónica, un cambio vital importante, o los pequeños inconvenientes que se derivan del día a día.

En estos casos, debemos responsabilizarnos de nuestras acciones, pero partiendo de la aceptación de la realidad.

Por ejemplo, en el caso de una enfermedad crónica, no proporciona ningún beneficio el lamentarse de la enfermedad y sentirse desgraciado o desdichado por sufrirla (“por qué me sucede esto a mi”).

En este caso se hace imprescindible aceptar la enfermedad y responsabilizarse de llevar a cabo todas las conductas necesarias para nuestro autocuidado, así como todas las adaptaciones necesarias en nuestros hábitos.

Y es que el sufrimiento es el combustible de la sabiduría, y abre el camino hacia la felicidad.


La enfermedad, por ejemplo, puede ayudarnos a llegar a un entendimiento del significado de la vida, desarrollar una más profunda apreciación del valor y dignidad de la vida y, finalmente, gozar de una más satisfactoria existencia.


La salud no es simplemente la ausencia de enfermedad.

La verdadera salud es la voluntad de sobreponerse a cualquier adversidad y utilizar aun la peor de las circunstancias como trampolín para nuevo crecimiento y desarrollo.

Puesto de manera muy sencilla: la esencia de la salud es la constante renovación de la vida.

¿Es la salud un estado en que el cuerpo es simplemente libre de la enfermedad?

La buena salud es hacer acopio de una firme actitud para combatir enérgicamente cualquier amenaza maliciosa a nuestro bienestar.

Es, en esta inquebrantable resolución de luchar, desafiar, crea y avanzar incesantemente en la que encontramos el fundamento de una vida humana verdaderamente saludable.

Reflexionar sobre la propia vida, la salud, mental, espiritual, física, a eso nos lleva la enfermedad.

A entender mejor nuestro entorno, nuestras relaciones y lo que significa cada paso en nuestra vida.


Cuando leo: hacer frente a cualquier amenaza a nuestro bienestar», no puedo menos que revisar mi propia actitud en este sentido y pensar si la «amenaza» puede provenir de una actitud o relación con el entorno que esté amenazando mi estabilidad emocional, mi relación con el propio medio ambiente, mi salud espiritual.


 

Porque la enfermedad más grave, es la del alma, es el sentimiento turbio que puede lacerar las fibras más finas de nuestro corazón y poner en riesgo toda una vida de esfuerzo en el camino espiritual, de aprendizaje, de lucha con el ego inferior.

Reconocer este punto y meditar sobre ello es de vital importancia.


Si se quiere mantener la salud física, es preciso mantener una armonía en el ser interior y su relación con el todo que lo rodea, pero también, la salud física es un aviso violento, a veces, de que la salud interior está deteriorada; es una llamada de atención, un aviso, y en este sentido, se debe agradecer para poder tener luz al respecto y atender los asuntos del espíritu, de la psique, que son la médula de nuestro paso por este mundo.


La enfermedad como camino, al entendimiento de la indivisibilidad entre la forma de vida, del pensamiento, y la salud física, la proyección de nuestras emociones y miedos en el plano físico así como también a manejarles mejor.

Pero la fuente de sabiduría mayor, además de la práctica espiritual, ha sido el trato con el dolor más fuerte, el propio y el de seres queridos que han sufrido enfermedad o pérdidas, así como las mías propias; el dolor como fuente de transformación interior.

La gratitud también.

Es la fuente de la mejor salud, la gratitud con la vida, con el entorno, con lo «bueno y malo» que ocurre porque todo es un maestro para la evolución.

La resiliencia es un concepto relativamente nuevo y se define como la capacidad humana para enfrentar, sobreponerse, ser fortalecido o transformar activamente la realidad, habiendo vivido experiencias de adversidad.

Las ciencias de la salud toman este término para describir a las personas que a pesar de nacer y vivir en condiciones adversas son capaces de sobreponerse y desarrollarse en forma adecuada.

Vivimos en una época en donde las quejas, los sufrimientos, los padecimientos, los malestares, los dolores y las maledicencias, son las constantes vividas de particulares, gremios y sociedades.

Y esas constantes, innegables, imborrables se sintetizan bajo el concepto de enfermedad.


La enfermedad es la maldición que abre la puerta para observar, para presenciar el reino de lo otro absoluto y a la postre lo que señala el camino y la morada final. La enfermedad es el barquero sobre el cual echamos nuestros insultos, injurias y peleamos en la paradoja de un temor que alcanza la dimensión de lo absoluto. Barquero que sabemos en lo profundo y serio de nuestras existencias cumplirá su oficio con precisión quirúrgica. Ni antes ni después nos arriba al puerto cuando es: allí́ reside el temor que nos oferta el saber lo inexorable y lo absoluto.


Yo sé que llegara ese momento y estoy esperando este barquero que arrebatara la vida de mi Mamá que con 91 año su vida es un constante sufrir, cada día que pasa agradece a Dios por sus favores y sus misericordias pero dentro de ella pelea cada día porque quiere irse a la morada Eterna para descansar de sus males.

Mientras tanto ¿Qué?

En lugar de esperar que ocurra algo extraordinario debemos aprender a disfrutar de los momentos y de las pequeñas cosas que forman parte del día a día

Vivir en armonía con uno mismo, vivir con salud y sabiendo priorizar las cosas importantes, son sin duda tres pilares esenciales sobre los que sustentar nuestro día a día.

Sabemos que la vida a menudo es compleja, que nos trae cosas que escapan a nuestro control.

Pero de nosotros depende saber afrontarlas con fortaleza, reflexionando y buscando siempre ese sendero que nos puede llevar hacia la felicidad.

El enigma de cómo llevar una vida saludable representa una de las más grandes constantes en la historia de la humanidad.

Este asunto, a diferencia de lo que opinan muchos, está lejos de constituir una preocupación exclusivamente moderna.

La felicidad es como una mariposa. Cuándo más la persigues, más huye.

Pero si vuelves la atención a otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro.

La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida.