Maltrato Psicológico y físico “Señales”

Introducción a la “cultura del terror”

Me cuesta tanto entender cómo se abusa del “poder” y se llega a comportamientos destructivos en las relaciones sociales.

Comportamientos de “dominación” por medio de la “violencia” y el “terror” la cultura del “terrorismo” no solo en el ámbito religioso sin en el personal y familiar


“Hay criminales que proclaman tan campantes ‘la maté porque era mía’, así no más, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los supe machos tiene la valentía de confesar ‘la maté por miedo’, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.” Eduardo Galeano


El mundo vive inmerso en un horizonte cultural caracterizado por la violencia en todas las dimensiones en que se manifiesta la cultura de un período histórico: la literatura, el arte, la música, la política, las relaciones internacionales, la vida familiar y social, la economía, el trabajo, entre otras.

Por lo largo y ancho de este mundo hemos escuchado tanto de crimen organizado, persecuciones políticas y religiosas, secuestros, masacres, que nos hemos acostumbrado a tales escenarios, que han llegado a ser parte de nuestro entorno.

Asimismo, la violencia genera condiciones propicias para su propio desarrollo.

Con ello, se ha afirmado el reino del terror y la cultura del miedo en la sociedad, donde la capacidad de pensar se vuelve sumamente complicada y resulta más fácil ceder la libertad a cambio de la seguridad.

Es extraño que la violencia ejercida contra la mujer en el ámbito familiar se lleve a cabo de forma aislada, los estudios que existen nos permiten entrever que el maltrato a la mujer se extiende a las hijas e hijos en un porcentaje muy elevado de casos.

Desde una perspectiva cualitativa se da un paralelismo entre el tipo de maltrato que sufren la mujer y sus descendientes.

Sin embargo, hay también otros hogares en los que los niños, a pesar de serlo sus madres, no son sujetos de agresión directa sino “solo” las víctimas secundarias e indirectas de dicha violencia.

Pero a pesar de ello sufren las agresiones tanto como su madre, lo que llega a convertirles en víctimas directas.


Los menores expuestos a la violencia de género en su ámbito familiar son aquellos que viven en un hogar donde su padre o el compañero de su madre son violentos contra la mujer. Estos niños en muchos casos presencian actos violentos, oyen gritos, insultos, golpes, ven las marcas que dejan las agresiones, sienten el miedo, perciben el estrés en su madre y están inmersos en el ciclo de la violencia (tensión creciente, estallido, arrepentimiento).


Estas niñas y niños no sólo son meros testigos de la violencia de género, sino que dicha violencia forma parte de su modo de vida, ya que crecen con ella, viven sin poder escapar sirviendo de referencia para su modelo de relaciones interpersonales, haciendo que el aprendizaje que reciben durante su fase madurativa repercuta en su personalidad, en sus futuras relaciones sociales e interpersonales, crecen creyendo que la violencia es una pauta de relación normal entre adultos, aprendiendo modelos de relación inadecuados, y modelos de resolución de conflictos erróneos, no distinguen lo que es adecuado o está bien, de lo que es injustificable.

Haciendo que la exposición a esta violencia genera un impacto negativo evidente en su vida, el bienestar y el desarrollo de esas criaturas.

Por lo que para considerarlos víctimas no es necesario que sufran directamente.

Presenciar la violencia ejercida contra sus madres o el hecho de crecer en un entorno violento, les convierte también en víctimas.

En nombre del amor, es muy frecuente que se cometan entre las parejas, abusos, de diferentes tipos, que pueden ir en aumento, hasta causar estragos terribles, desde pérdida de autoestima hasta la muerte. Sí, es fuerte, pero cada vez, por múltiples motivos, es más frecuente que las parejas se causen serios daños, por problemas económicos, deterioro de los valores, adicciones, infidelidad, incapacidades afectivas, etc.


La violencia enmascarada.

La violencia, ciertamente puede obedecer a múltiples causas, desde problemas físicos (hepáticos, hormonales, patologías psiquiátricas, psicológicos, ambientales), es importante determinar a qué tipo o grado pertenece, para poder efectivamente concientizar a quien la padece y a quien la sufre, de que se está tratando específicamente.

Es recomendable iniciar después de » darse cuenta» del problema, lo cual ocurre a la víctima y al agresor, en formas diferentes, como culpas o distermias, es posible «hacer Algo » de inmediato como elaborar un trabajo escrito, pautando la historia de la violencia, haciendo en una hoja de papel, una cronología de su evolución, (desde cuándo, cómo se manifiesta, cambios, etc.) para que reconocer que características pueden describirse.

Esto será de utilidad para acudir con un profesionista, quién brindará apoyo al develar que tipos de violencia están en curso.

Con un adecuado manejo psicoterapéutico, la vida familiar realmente puede dar un gran giro de bienestar, quedan secuelas que deberán tratarse en conjunto, en pareja y si existen hijos, también con manejo familiar.

La pareja, ése otro con quién se comparten diversos entornos de vida cotidiana, al existir violencia, puede optar por dos modalidades de comportamiento: pasivo y activo.

Pasivo: aquí tenemos entonces quiénes maltratan a la pareja, abusan de todas las maneras posibles de ella y ésta soporta con terror y culpa.

Pero también existe la activa, en donde ambos se maltratan mutuamente, teniendo períodos pasionales, de reencuentro, casi siempre breves, matizados por celos, en los que los abusos pueden ser diversos y afectan negativamente la salud física y la emocional.


Violencia de Genero

El tipo de violencia de la que hablamos se denomina “violencia de género” y debemos partir de la definición de género para entender el comportamiento de víctimas y agresores.

En este caso, nos centraremos en los factores que favorecen la permanencia de la mujer en relaciones de violencia.

El género se puede definir como la construcción cultural que se crea en una sociedad a partir de las diferencias biológicas.

Mediante esta construcción se adscriben cultural y socialmente aptitudes, roles sociales y actitudes diferenciadas para hombres y mujeres atribuidas en función de su sexo biológico.


En nuestra sociedad, la forma de ser y de sentirse mujer viene determinada por un estereotipo de “feminidad” tradicional que, entre otros rasgos que la definen, incluye la atribución de una importancia fundamental de todo lo relacionado con lo emocional, con las relaciones interpersonales, con el afecto, con agradar, los cuidados, el apego, y no solo con la creación de estos vínculos sino con la responsabilidad en su mantenimiento.


A partir de estos rasgos, encontramos que las mujeres  víctimas de violencia de género pueden mantener sus relaciones por los mandatos de género: por depender emocionalmente de sus parejas (ensalzando el apego y el enamoramiento de novela romántica), por pena cuando ellos sufren algún problema (anteponiendo el cuidado del otro antes que el propio), por vergüenza (relacionada con desagradar al entorno familiar), por pensar que hay que aguantar lo que sea (sobrevaloración de la abnegación), por la culpa y el vacío ante la pérdida, etc.

También relacionado con las diferencias de género está la dependencia económica, puesto que muchas mujeres siguen apartadas del mercado laboral para asumir el rol de cuidadora/madre y, por tanto, no se perciben como autónomas para vivir sin pareja.

Así pues, además de los modelos psicológicos ampliamente aceptados para explicar el comportamiento de las víctimas de malos tratos, es necesario aplicar la perspectiva de género para tener una visión más completa del fenómeno. (Francisco Plaza, psicólogo experto en violencia de género)


Fuentes culturales y sociales

La mujer no inicia el vínculo con quien cree que se convertirá en su agresor; la violencia progresa silente conforme la relación se va haciendo más compleja.

En los inicios, la mujer puede confundir manifestaciones de celos como muestra de un amor apasionado hacia ella.

Puede sentir esto incluso como una señal de desamparo de él, que su amor podrá reparar.

Será más allá de esta fase cuando aparezca el primer hijo, que se hará evidente que el objetivo del vínculo es distinto para ambos.

Por eso la mujer queda en un principio antes sorprendido que asustada cuando acontece la primera agresión (verbal, gestual o física) pues la violencia es incompatible con la idea de un proyecto conjunto de confianza y futuro.

Esta distorsión sobre lo que debería ser constructivo y protector (la matriz afectiva) le otorga precisamente su capacidad destructiva y por tanto traumática a esta violencia.

La relación afectiva entre dos personas que se comprometen, alude en nuestro imaginario a una complementariedad afectiva, sustentadora y protectora.

Un vínculo que no busca el sufrimiento como fuente de placer, sino dar forma a un proyecto basado en un ideal (muchas veces cultural) sobre dicha relación.

Solo podremos llegar a comprender el efecto traumático de esa violencia, si no olvidamos las fuentes culturales y sociales de los que se alimentan los mandatos que refuerzan la permanencia de la mujer, pese a la violencia.

(Antonio Escudero Nafs, Principales modelos teóricos de la mente explicativo de una permanencia de las mujeres en una relación con parejas violentas, UNED)

 


“El silencio es siempre cómplice del maltrato, como la pasividad o el no rechazo de este tipo de violencia beneficia siempre al maltratador” (Raimunda de Peñafort, Titular del Juzgado nº 1 contra la Violencia de Género)


Los modelos psicológicos teóricos que pretenden explicar la permanencia de la mujer en la violencia de género parten de que la situación de violencia es desventajosa para quien la sufre.

A medida que la situación se prolonga la expectativa sobre un cambio favorable disminuye y aumenta el riesgo de que dicha situación continúe.

La acción más congruente sería abandonar, sin embargo, la mujer prosigue en esta relación violenta.

Esto es lo que más perturba a la sociedad y a quienes trabajan por erradicarla ¿Por qué la mujer rompe con esta lógica? ¿Por qué no abandona en un primer momento esta relación?


La Indefensión Aprendida

La teoría de la indefensión aprendida la formuló Seligman en 1975, la indefensión es el estado psicológico que se produce frecuentemente cuando los acontecimientos son incontrolables…cuando no podemos hacer nada para cambiarlos, cuando hagamos  lo que hagamos siempre sucede lo mismo.

Leonore Walker, partiendo de los experimentos de Seligman, inauguró una línea de investigación hoy todavía vigente y que se puede resumir en que: repetidos malos tratos disminuyen la motivación de la mujer a responder.

Ella llega a ser pasiva. Secundariamente, su habilidad cognitiva para percibir éxitos está cambiada.

No cree que su respuesta acabará en un resultado favorable.

Los sentimientos de indefensión en mujeres maltratadas podrían debilitar la capacidad de solucionar problemas y la motivación para afrontarlos, favoreciendo de esta forma la permanencia en la mujer en la relación violenta.


Walker afirma que parece que una mayor permanencia en una relación violenta puede estar relacionada con haber vivido más experiencias de indefensión en la infancia.


Como conclusión, en la indefensión aprendida concurren tres componentes: pasividad, empobrecimiento de la capacidad para resolver problemas y sentimiento creciente de indefensión, incompetencia, frustración y depresión.


 

Ciclo de la violencia de género

En la violencia de género se pueden distinguir 3 fases: acumulación de tensión; agresión y fase de “arrepentimiento”.

Esta última fase genera en las maltratadas una ficción de reencuentro llamada luna de miel donde el agresor intenta cumplir con la forma idealizada de pareja que tiene su víctima.

Según Walker la repetición de estos ciclos sirve para atar muy fuertemente a una mujer maltratada con su agresor.

Mientras tiene lugar la agresión la mujer sufre una disociación acompañada de un sentimiento de incredulidad, de que eso esté sucediendo realmente; esto iría seguido de un colapso emocional, similar al experimentado por víctimas de secuestros o desastres, este colapso se acompaña de inactividad, depresión, ansiedad, autoinculpación y sentimientos de indefensión.


El Vínculo Traumático

Esta teoría fue desarrollada por Dutton y Painter y hace referencia a una relación basada en el desequilibrio de poder que ejerce el maltratador golpeando, abusando o intimidando a su pareja de forma intermitente y creando en ella fuertes apegos emocionales.

El vínculo traumático se hace más poderoso cuando un castigo físico es administrado a intervalos, es decir, periodos de castigo con otros más amigables.

La diferencia extrema entre ambas conductas acrecienta aún más el vínculo (Reforzamiento negativo), la conducta de arrepentimiento se asocia al cese de la violencia y la fase de “luna de miel” descrita por Walker queda reforzada.

El arrepentimiento se establece como estímulo positivo.

Cuando una mujer abandona una relación abusiva, el miedo comienza a debilitarse por la distancia y esta sensación de alivio por cese de la violencia, que quedó grabada como un esquema mental, comienza a cobrar fuerza.

La figura de la pareja que se mostraba arrepentida y amorosa es recordada en la distancia y cuando el estímulo reforzado es más intenso que el miedo, es posible que la mujer decida retornar.

En situaciones de un extremo desequilibrio de poder, la perspectiva del agresor será interiorizada por la persona menos poderosa que se auto valorará progresivamente más necesitada de la otra.

Quien posee mayor poder, el agresor, adquiere una idea sobredimensionada de sí mismo; es por esto por lo la persona poderosa se vuelve dependiente de la sometida; pues a través de este desequilibrio puede sostener la imagen adquirida.

La sensación de poder es una especie de máscara de la cual se desprende cuando su víctima intenta abandonarlo.

Esta es la explicación de los intentos desesperados del maltratador para atraer a su pareja a través de amenazas o de ficciones de arrepentimiento.

La desvalorización de la mujer junto con los intentos del agresor para mantener su imagen a costa del sometimiento de la mujer explican las dificultades para la ruptura de esa relación.


El Síndrome de Estocolmo Doméstico

El término “Síndrome de Estocolmo” fue acuñado por Nils Bejerot y tuvo su origen en un secuestro ocurrido en 1973, cuando los clientes de un banco fueron utilizados como rehenes.

El temor a la intervención de la policía fue superior a las amenazas de los captores y después de la liberación los sentimientos de los rehenes eran confusos, como de afecto, e incluso una de los rehenes estableció una relación sentimental con un captor.

El síndrome es una respuesta automática e inconsciente y no una decisión racional.


Andrés Montero ha desarrollado el Síndrome de Estocolmo Doméstico y lo describe como un vínculo interpersonal de protección , construido entre la víctima y su agresor que podría explicar cuestiones tan paradójicas como que  sea la propia víctima quien sale en defensa del agresor, como si fuera  la sociedad o elementos externo a él quienes lo forzaran a agredir.


El alcohol y las drogas no fuerzan a agredir

El 50% de los agresores no son alcohólicos.

Tampoco son enfermos mentales, existe la misma prevalencia de enfermedad mental que en la población en general.

El Síndrome de Estocolmo Doméstico vendría determinado por un patrón de cambios cognitivos, como resultado de una reacción de la víctima ante la situación traumática.

El proceso abarcaría cuatro fases: desencadenante, reorientación, afrontamiento y adaptación.

En la fase desencadenante, las primeras palizas romperían el espacio de seguridad previamente construido por la pareja sobre la base de una relación afectiva, espacio donde la mujer había depositado su confianza y expectativas: esta ruptura desencadenaría en la víctima un patrón general de desorientación, una pérdida de referentes, reacciones de estrés con tendencia a la cronificación e, incluso, depresión.

En la fase de reorientación, la mujer busca nuevos referentes de futuro y trata de efectuar un reordenamiento de esquemas cognitivos de acuerdo con el principio de la congruencia actitudinal, todo ello en orden a evitar la disonancia entre su conducta de elección y compromiso con la pareja y la realidad traumática que está viviendo.

La mujer se auto inculpa de la situación y entra en un estado de indefensión y resistencia pasiva.

La fase de afrontamiento, es en la que asume el modelo mental de su esposo y busca vías de protección de su integridad psicológica, tratando de manejar la situación traumática.

En la fase de adaptación, la mujer proyecta parte de la culpa al exterior y el Síndrome de Estocolmo Doméstico se consolida a través de un proceso de identificación y alrededor del modelo mental explicativo del esposo acerca de la situación vivida en el hogar y sobre las relaciones causales que la han originado.


La persuasión coercitiva

La persuasión coercitiva ofrece una explicación más completa al imbricar distintas estrategias a lo largo de un tiempo extenso.

La persuasión es un ejercicio deliberado para influir en la conducta de alguien con un fin preestablecido. La coerción es una presión intensa y limitadora de su facultad de elección para dar más probabilidades a la obtención de la persuasión.


Se lleva a la práctica por una serie de estrategias que aseguran el control del maltratador sobre la víctima, modulando (modificando los factores que intervienen en el proceso para obtener distintos resultados) la intensidad, el tiempo y el espacio se produce la despersonalización y de esta forma la víctima es sometida al maltratador.(Álvaro Rodríguez Carballeira).


Diversos estudios han constatado que las experiencias traumáticas propias de rehenes, supervivientes de campos de concentración, sectas, etc. son similares a las de las mujeres maltratadas pero además cuando la violencia es ejercida por un miembro próximo produce un mayor efecto traumático sobre la víctima, y si además le sumamos la duración del maltrato; la fractura de los esquemas de seguridad de la persona se romperán y se producirá el sometimiento y la desidentificación de la víctima.

Las personas sometidas a técnicas de extrema coerción tienen riesgos de sufrir despersonalización y síntomas de entumecimiento emocional.

Pueden mostrar una menor flexibilidad cognitiva, cambio de valores, actitudes, creencias y sentido del sí mismo; y esto es lo que genera la identidad, por tanto esta pérdida es lo que produce la despersonalización.

La persuasión coercitiva y el lavado de cerebro, aunque a veces se usan como equivalentes, parece que el lavado de cerebro está incluido dentro de un proceso más amplio que es la persuasión coercitiva.

El Masoquismo o como a la víctima la convierten en responsable.

El Masoquismo es una expansión de la teoría del psicoanálisis de Freud.

Afirma que son las víctimas quienes lo fomentan porque tienen una necesidad oculta.

Son consideradas como desencadenadoras porque obtienen placer al tiempo que consiguen diluir su sentimiento de culpa por su actitud castradora de restar poder a la pareja.

El agresor, según este modelo, se limita a reaccionar ante esta incitación, a responder ante esta provocación.

Fue forjándose la idea de que la mujer víctima de malos tratos tenía una personalidad adicta a la violencia, que era masoquista.

La compulsión a la repetición ha sido la explicación de la permanencia o retorno de las maltratadas a las situaciones violentas y esta actitud repetida de vuelta al maltrato es lo que hace que la sociedad, o una parte de ella, considere que nada se puede hacer porque ellas vuelven una y otra vez con sus maltratadores.

Este modelo masoquista tiene su crítica en la medida en que la víctima no puede crear al verdugo.

El maltratador actúa y convierte en víctima a su pareja.

SI NO HAY VERDUGO NO HAY VÍCTIMA.

La difusión de este modelo ha sido muy importante y hoy día es considerado un modelo explicativo popular, desgraciadamente hoy se sigue escuchando que “hay mujeres a quienes les gusta que les peguen”.

El efecto suele ser de rechazo hacía la víctima que considerada así deja de serlo.

Si sólo hablamos de la debilidad de la víctima, olvidando la destructividad del compañero y si nos limitamos a mencionar el masoquismo de la mujer no hacemos más que agravar la culpabilidad e intensificar el dominio que pesa sobre ella.

Hay que tener cuidado y no decir que la víctima crea al verdugo.


Erradicación de la violencia de género

En la mujer maltratada la cotidianeidad es la violencia.

El tiempo se define por presencia o ausencia de agresiones.

La única realidad es la que dicta el maltratador y la realidad de él es un sistema de creencias, de explicación de las causas y consecuencias sobre los hechos cotidianos y los motivos que, según él, justifican la violencia ejercida.

Los accesos de mayor violencia, el proceso de descalificación mantenido, el reinicio del ciclo y la confusión de emociones (sorpresa, miedo, culpa, vergüenza) dentro de un entorno aislado facilitan que la mujer acabe asumiendo la realidad que le impone el agresor.

Para la erradicación de esta lacra social se debería actuar desde distintos campos:

Con respecto a la educación, en todos los niveles, desde preescolar a la educación de personas adultas, habría que introducir programas y actividades que incluyeran como un valor fundamental el de la equidad.

El de la igualdad entre mujeres y hombres.

Los medios de comunicación tendrían que trabajar en dos vertientes. Se trataría de informar para proteger a las víctimas y de aislar y repudiar al maltratador.

La sociedad en general debería actuar de forma solidaria con las víctimas, no minimizar de ninguna manera la violencia de género.


SEÑALES A TENER EN CUENTA:

Las 30 señales de que tu pareja puede estar maltratándote psicológicamente

Este es un breve listado de tipos de comportamiento que sirven para identificar los casos de maltrato psicológico en una pareja. Están planteados en forma de preguntas para que sean más accesibles y fáciles de relacionar con las vivencias de cada persona.

  1. ¿Controla el dinero que gastas? ¿Tienes que pedirle el dinero a tu pareja? ¿Pides permiso a la hora de comprar algo, ya sea para ti o para la casa?
  1. ¿Te dice cómo tienes que vestirte? ¿si vas de alguna manera que no le gusta se enfada contigo por ello y decides cambiarte de ropa? ¿Hay prendas que ya no te pones porque sabes que a no le gusta que vayas así y vas a tener problemas por ello?
  1. ¿Se enfada si inviertes más tiempo en tus amistades o familiares del que considera necesario?
  1. ¿Mantienes relaciones sexuales aunque no te apetezcan porque si no, se enfada?
  1. Contabiliza las veces que haces cosas que no te apetecen o con las que no estás de acuerdo para evitar una discusión.
  1. ¿Controla tu móvil y tus redes sociales?
  1. ¿Tienes que informarle de tus horarios?
  1. ¿Le quita importancia a tus logros personales o profesionales?
  1. Cuando haces algo por tu pareja, ¿te lo agradece o te hace sentir que es tu obligación?
  1. ¿Organiza tu tiempo libre? ¿Sientes que en los ratos de ocio tienes que consultarle en que invertir tu tiempo?
  1. ¿Cuando tienes algún problema lo minimiza con comentarios del tipo: eso no es nada, te quejas de vicio, etc.?
  1. ¿Cuando se ha dado una discusión, en la mayoría de las ocasiones cedes tú aún teniendo la razón porque podría pasarse días sin hablarte y haciéndote el vacío?
  1. ¿Si tiene un problema fuera del ámbito de la pareja, te hace sentir responsable de ello?
  1. ¿Te hace sentir que no sabrías seguir adelante si no estuvieras a su lado?
  1. ¿Te sientes culpable cuando enfermas?
  1. Si estáis en público, ¿temes decir lo que opinas por si acaso te trae consecuencias con tu pareja?
  1. ¿Usa el chantaje emocional a menudo para lograr sus objetivos?
  1. ¿Te recuerda una y mil veces los errores que has cometido?
  1. ¿Has dejado de contar tus problemas de pareja a tu entorno porque sabes que si se enterase se enfadaría?
  1. ¿Temes como decirle algunas cosas porque sabes que su reacción puede ser desproporcionada?
  1. ¿Notas que cuando un mismo hecho lo realiza otra persona lo valora más positivamente que si eres tú quien lo realiza?
  1. ¿Te sientes incómodo/a si te mira alguien del sexo opuesto por si acaso tu pareja se diera cuenta y pudiera ser motivo de otra discusión?
  1. ¿Sientes que necesitas su aprobación en cada cosa que haces, o incluso piensas?
  1. ¿La manera en la que se dirige a ti ha cambiado transformándose en imperativa?
  1. ¿Sientes que no puedes ser tú mismo/a cuando estás con tu pareja?
  1. Ligada a la anterior, ¿sientes que aún sin que esté, cuando quieres ser tú mismo/a piensas en que tal vez le moleste y dejas de hacer las cosas que querías?
  1. ¿Te trata como si fuera tu padre/madre en lugar de tu pareja?
  1. ¿Las decisiones importantes las toma sin tener en cuenta tu opinión?
  1. ¿Te hace dudar de tus capacidades?
  1. ¿Sientes miedo?

Consecuencias del maltrato emocional y psicológico

Las consecuencias de este maltrato psicológico, que suelen ser estas:

  1. Malestar físico
  2. Baja autoestima
  3. Pérdida de relaciones sociales llevando en muchas ocasiones al aislamiento
  4. Sensación de haber dejado de ser la persona que era
  5. Estrés
  6. Ansiedad
  7. Estado de ánimo deprimido
  8. Alteraciones de los patrones de sueño
  9. Problemas en la alimentación
  10. Adicción a distintos tipos de sustancias (en las que cabe destacar las benzodiacepinas y el alcohol)
  11. Dejadez y descuido en el aspecto físico
  12. Irritabilidad
  13. Apatía
  14. Sentimientos de impotencia e inutilidad
  15. Indecisión
  16. Inseguridad
  17. Dependencia emocional
  18. Ataques de ira dirigidos a otras personas
  19. Inapetencia sexual
  20. Sentimientos de vergüenza y culpa
  21. Sensación de debilidad
  22. Dificultad en la toma de decisiones
  23. Culpabilidad
  24. Mecanismos de afrontamiento basados en la huida
  25. Sentimientos de inferioridad

A su vez, estos efectos del maltrato psicológico hacen que el clima dentro de la relación de pareja siga empeorando aún más, lo cual acarrea consecuencias graves para la víctima.

Tomando conciencia para poder abandonar las dinámicas de maltrato

El primer paso para hacer frente al maltrato psicológico es saber identificar sus señales, algo difícil ya que son dinámicas no se producen de un día para otro y son señales sutiles de las que apenas nos damos cuenta.

Si nos sentimos identificados/as poder ser capaces de romper con la dependencia emocional que nos genera.

El primer paso es poder identificar la existencia del maltrato psicológico para asumir la idea de que se han de producir cambios muy drásticos.

Primeros acercamientos a la violencia de género

Es muy común que hablando de este tema se confundan términos y se mezclen significados, por eso en primer lugar deberíamos diferenciar la dicotomía entre violencia y agresividad, para evitar ofrecer juicios de valor y hacer ciertas atribuciones estereotipadas.


Agresividad y violencia

Entendemos pues como agresividad aquella capacidad innata y adaptativa del ser humano que garantiza su propia supervivencia, mientras que el concepto de violencia responde a un conjunto de valores sociales asociados a la agresividad, de manera que en este caso estamos frente a una conducta desadaptativa y aprendida socialmente.

Cuando una mujer víctima de violencia de género requiere intervención profesional se deben tener en cuenta un grupo de particularidades para no caer en la trampa de banalizar su experiencia, ofrecer aportaciones que involuntariamente la culpabilicen o que despierten en ella cierta sensación de incomprensión.

Características de la violencia de género

El suceso violento no es el resultado de un hecho aislado, ya que se produce de manera sistemática.

Suelen ser invisibles, es decir, aparecen en un entorno privado y son las mismas mujeres las que se esconden presas del pánico que les genera tener que exponer su realidad.

Muchas veces el agresor ofrece una imagen impecable hacia la sociedad, lo que por desgracia convierte la situación en un estado difícil de creer o comprender.

Existe en las víctimas la sensación de que las circunstancias que están viviendo no resultan tan graves como para manifestarlas públicamente, hecho que conlleva una dificultad añadida en el momento de buscar ayuda externa.

Todo este engranaje es fruto de una auténtica desigualdad entre hombres y mujeres derivada del código patriarcal que aún a día de hoy resuena entre la sociedad.

Este código es el mismo que conduce al agresor a utilizar mecanismos de control y condena sobre la mujer.

¿Cómo transcurre el funcionamiento de la violencia de género?

La violencia en el seno de una relación no aparece de la noche a la mañana, se pasea por un sinfín de encrucijadas antes de que la víctima pueda identificar el calvario que le deparará el vínculo con su agresor.

Según la psicóloga estadounidense Leonor Walker, la violencia discurre a través de un ciclo compuesto por tres fases.

Cuando una mujer entra en las entrañas de este círculo es cuando deja de visualizar alternativas de huida posibles y se encuentra presa de la situación.


Se genera en ella una disonancia cognitiva entre el disfrute vivido en la relación y el malestar sin nombre que padece, porque al contrario de lo que se suele pensar no se dan sólo gritos, insultos, amenazas y golpes, hay también ternura, cariño y dulces detalles que hacen florecer en la mujer el pensamiento de haber encontrado por fin al hombre de su vida.


Primera fase: aumento de la tensión en la pareja

En la primera fase del ciclo el malestar sin nombre empieza a cobrar vida, se percibe un aumento de la tensión entre ambos miembros, se establecen tímidos indicios de lo que posteriormente será la agresión, tales como gritos y pequeñas peleas.

La mujer acepta estos abusos como legítimamente dirigidos a ella porque piensa que puede ser merecedora de tal agresión.

La persona agredida trata de buscar un sinfín de excusas y razones para comprender lo que está sucediendo, hasta el punto de suponer que ella misma por su conducta o actitud es quien ha provocado la ira de su agresor, y lo que más perpetúa el ciclo, tiende a pensar que con el tiempo podrá cambiar el comportamiento de su pareja, hecho que en ningún caso se cumple.

Esta fase puede llegar a tener una duración de días, semanas, meses o incluso años antes no se desencadenan incidentes de agresión mayores.

En la perspectiva del hombre, éste cada vez se encuentra más sensible, todo le molesta, se irrita con suma facilidad, y se enoja por cosas objetivamente insignificantes.


Segunda fase: la furia se desata

En la segunda fase propuesta por L. Walker se experimenta una descarga irrefrenable de las tensiones que se han venido acumulando durante el transcurso de la fase anterior.

Hay una falta de dominio sobre la conducta totalmente destructiva, la mujer acepta que la ira de su agresor está fuera de control pero no puede hacer nada por calmarla, es en esta fase cuando surge la agresión física o la total destrucción psicológica.

El agresor es el único que puede poner fin a este estado.

Su duración se sitúa alrededor de 2 a 24 horas, durante las cuales se culpa a la mujer de todo lo sucedido.

Cabe destacar que es en este momento cuando la mujer es completamente susceptible y está abierta a recibir ayuda profesional debido al gran temor que siente por volver a ser maltratada.


Tercera fase: arrepentimiento del agresor

En la tercera y última fase antes de volver a iniciar todo el ciclo, se experimenta un estado de arrepentimiento profundo por parte del agresor, el cual aprovecha la vulnerabilidad de la víctima para ofrecerle dóciles dosis de cariño y atención, mostrando en todo momento un comportamiento y una actitud de aflicción y remordimiento interno.

Es en este momento donde se perpetúa todo el ciclo de la violencia, la mujer se siente nuevamente amada y feliz, lo que conlleva a situarse en una posición de plena confianza hacia su agresor.

La duración de esta etapa denota una brevedad menor que la primera fase pero superior a la segunda, por lo que intentar ofrecer ayuda en este momento no brindará ningún resultado positivo, la mujer vuelve a estar profundamente enamorada y supeditada a la voluntad de su agresor.

A medida que se va repitiendo el ciclo esta tercera fase tiende a minimizarse hasta que acaba por desaparecer, momento en que la Luna de Miel llega a su fin.


Algunas conclusiones

La sensación de que no hay salida

La repetición de estos ciclos es lo que suele conducir a un aumento de la violencia, lo que se traduce en un mayor peligro para la mujer, la cual empieza a pensar que no hay alternativa ni salida posible, sumergiéndose así en la más profunda rendición.

Lo cierto es que, en ocasiones, acontecimientos impactantes o traumáticos dejan anclado a quien los padece en el día o época en que acontecieron, activándose así un estado de shock que puede paralizar toda la vida en un segundo.


Denuncias que se acaban retirando

Es también la reiterada sucesión de estos ciclos el motivo por el cual muchas mujeres tienden a retirar las denuncias interpuestas e incluso muchas desean volver con sus agresores para retomar la relación, situación que la mayoría de la sociedad no llega a comprender jamás.

Sobre el Día contra la violencia de género

No debemos promover el no a la violencia de género un único día al año, debe ser un altavoz constante para llegar a aquellos oídos que han perdido toda voluntad de seguir adelante, el primer paso debe ser hacernos conocedores de cómo se teje y evoluciona esta tela que envuelve sutilmente a su víctima.


“Más de treinta mil mujeres aparecen como víctimas de violencia de género en el conjunto de las 32.023 denuncias presentadas en los órganos judiciales. Se incrementaron en más de un 9 por ciento las solicitudes de órdenes de protección. La presidenta del Observatorio, Ángeles Carmona, entiende que el incremento de denuncias y de condenas puede revelar una mayor conciencia social e institucional en torno a la violencia machista”(Comunicación Poder Judicial, 19 de Octubre de 2015)